Abenomics, la política económica japonesa

Suena a aldea gala en la que se lucha contra las legiones romanas, pero Abenomics no es, ni mucho menos, ficción y contra quien lucha es más bien contra la caída de precios, no contra ningún romano. Se ha dado este nombre a la política económica de Japón para hacer frente a la deflación, un proceso en el que lleva sumido más de veinte años. La deflación –la caída generalizada de los precios mientras la deuda sigue incrementándose- implica mayor pobreza, estancamiento económico, retroceso de la demanda interna… Una serie de problemas que han anclado al país nipón en un atolladero del que es muy difícil salir.

La palabra Abenomics responde a un juego de palabras con el apellido del Primer Ministro japonés Shinzo Abe y su política económica. El mandatario ha puesto toda la carne en el asador y está inyectando liquidez en el mercado como no se había hecho hasta ahora para, según sus cálculos, alcanzar una inflación de dos puntos porcentuales en sólo un par de años. Es una de las medidas que hay que poner en marcha para hacer frente a la deflación, poner mucho dinero en circulación, darle a la máquina de fabricar papel moneda y que llegue al sistema. Sobre el papel, la previsión es la de inyectar hasta 70 billones de yenes. La otra receta –aunque ninguna es mágica- es la de bajar el precio del dinero. Los tipos de interés en Japón están casi a cero desde hace dos años, en niveles históricamente bajos para completar las pautas que marca la teoría que hay que ejecutar para hacer frente a la deflación.

De momento Japón mira con esperanza las políticas económicas de Abe, en agosto consiguió que su IPC repuntara un 0,8%. Es cierto que el dato puede tener segundas y terceras lecturas, hay que ver qué alimentos hicieron subir los precios y qué pasaría si se excluyera por ejemplo la luz que después del accidente de Fukusima ha subido más de ocho puntos porcentuales, pero es una cifra positiva y no se veía desde hacía un lustro.

Ahora lo que toca es analizar las consecuencias que pueden tener estas medidas extraordinarias aunque como su propio nombre indica son fuera de lo común. Nunca se habían aplicado políticas de inyección de liquidez a estos niveles, con lo que las consecuencias son impredecibles. Es evidente que si comienzan a subir los precios, tendrán que hacerlo también los sueldos porque si no, habremos desvestido a un santo para vestir a otro, como se dice popularmente. Si sube el IPC y no se incrementa el poder adquisitivo, los japoneses no van a poder comprar o comprarán menos. No hay que olvidar que más de la mitad del producto interior bruto japonés se apoya en el consumo.

Se ha dado un primer paso para hacer frente a la temida deflación, pero el camino que queda por delante es difícil sobre todo porque es desconocido. Después de 20 años Japón quiere dejar a sus fantasmas de lado, pero desde luego no va a ser una tarea sencilla.