Los grandes eventos deportivos como indicador de pujanza económica y política

Pocos espectáculos en la Historia de la humanidad atraen la atención de tanta gente como los grandes eventos deportivos internacionales. Quizá solo el cine y la ficción televisiva pueden a día de hoy competir en número de espectadores, pero las pruebas deportivas son sin duda el espectáculo por antonomasia. Y los gobiernos de los países lo saben. La última final de la Copa del Mundo de fútbol, la disputada en Johanesburgo, Sudáfrica, el 11 de julio de 2010 fue retransmitida en directo en todo el globo y reunió a más de 700 millones de personas delante del televisor, aproximadamente un 10 por ciento de la población del planeta.

En los últimos años, la celebración de estos acontecimientos se está convirtiendo en una suerte de indicador de qué naciones se encuentran en un proceso de auge económico y político en el panorama internacional. Pese a que compiten con ciudades o estados con economías altamente desarrolladas las últimas sedes de los han sido adjudicadas a los denominados países emergentes. Con la excepción de los Juegos Olímpicos de Londres, los comités de elección de estos eventos han estado optando por confiar la organización a algunas de las economías más pujantes del globo.

Haciendo un breve repaso de dónde se han disputado o se van a celebrar los grandes acontecimientos deportivos se puede trazar un mapa de los países que más fuerte están apostando por labrarse una reputación internacional. En 2008 las Olimpiadas se dieron cita en la capital de China. El país asiático se volcó en ofrecer una imagen de apertura y modernidad a la altura de los rascacielos que ahora pueblan el skyline de sus urbes insignia. China, con su particular sistema político económico que mezcla un autoritarismo pseudocomunista con un modelo capitalista muy potente lleva más de dos décadas en expansión económica. China se gastó más de 40.000 millones de dólares en la organización del evento y creó unas serie de infraestructuras que ya han pasado a la Historia de la arquitectura y el olimpismo.

En 2010, por primera vez en la Historia, África acogía una gran cita internacional de carácter deportivo. Con el precedente del Mundial de rugby de 1995, deporte que no tiene tanta repercusión mediática, Sudáfrica aspiraba a ganarse un puesto entre las grandes potencias emergentes del planeta y ha proclamarse referente económico del continente africano. El país, donde el fútbol es el segundo deporte en importancia acometió una fuerte inversión. Solo en el acondicionamiento de los estadios el gobierno sudafricano se gastó más de 5.000 millones de dólares, varios miles más fueron a parar al desarrollo de la red viaria e infraestructuras de transporte.

Ahora le toca el turno a Brasil. De hecho, el país carioca va a albergar las dos principales citas deportivas internacionales que se celebrarán en los próximos tres años. La primera entre junio y julio de 2014, el Mundial de fútbol del país del balompié. Será la segunda vez en que Brasil acoja la máxima competición de selecciones, después de 64 años. Dos años más tarde, la ciudad de Río de Janeiro será la sede de los XXXI Juego Olímpicos de la era moderna. La determinación del ex presidente Lula da Silva ha embarcado a Brasil en el mayor reto económico y de comunicación de su Historia. La pujanza económica brasileña deberá demostrar que ha conseguido ser suficientemente madura como para organizar en dos años los dos eventos deportivos que más miradas atraen.
Pero la cosa no queda ahí. Mirando un poco más adelante en el tiempo nos encontramos con que Rusia celebrará el campeonato mundial de fútbol en 2018 y tres años antes acogerá la sede de los Juegos Olímpicos de Invierno (Sochi 2015). El emirato pérsico de Qatar será el primer país árabe en organizar una Copa del Mundo de fútbol ya en 2022. Como decíamos, para descubrir qué países están apostando fuerte por lanzar una imagen de modernidad al mundo solo hay que unir los puntos que conectan las sedes de los grandes eventos deportivos. El resultado es una foto bastante aproximada de la realidad.